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La compleja tetracausalidad de las cosas

Les daban lo que necesitaban, luego lo que querían, luego más, luego más, y más, y así ininterrumpidamente. De esta forma les obligaban a estar en continuo movimiento. Nadie se planteó nunca hacia dónde iban. Nadie se paró tampoco. Guiados por el principio de “todo-todo-todo-aquí-aquí-aquí-ahora-ahora-ahora”, nunca pensaron si lo que hacían tenía lógica, ni tan siquiera si les hacía felices.

Les inyectaron telebasura en las venas, les atraparon en las redes sociales. Les convencieron de que compartir era cosa de estúpidos. Les dijeron cómo tenían que comportarse, cómo tenían que vestirse, qué podían pensar y qué no. Si alguien pensaba por sí mismo, quedaría apartado.

Y así, entendieron que el dolor solo podía superarse si el individuo se diluía en un todo cada vez más homogeneo. El miedo a ser distinto e incorrecto dio lugar a un ejército de apáticos, de sordomudos que ni oían, ni querían oir… ni veían, ni querían ver.

Nadie se planteó nunca hacia dónde iban. Nunca pensaron si lo que hacían tenía lógica. Ni tan siquiera si les hacía felices. Se resignaron a dejar de ser, pero sin amar, pensando que así serían un poco más.

Por Rubén Gutiérrez.

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