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Después de los Tiempos (16 Diciembre 2012)

Tenía 45 años y no, no tenía toda la vida por delante. Al contrario, estaba a punto de entrar en un quirófano sin saber muy bien qué pasaba. Tenía la piel amarillenta o como decimos entre el gremio “ictérico”, aunque a veces no me sienta dentro del mismo, y sí tenía esa mirada lacónica que esperaba una explicación sobre qué estaba a punto de pasar por su cuerpo, por esos bisturís, los hilos, las manos, las miradas y por qué no decirlo, las emociones.

 

La cuestión es tan simple como compleja, pero lleva los relieves de la incomunicación. De llegar a relativizar tanto las relaciones humanas y los diagnósticos que se olvidan y olvidamos a veces, que a quienes tratamos son personas, no números, ni patologías, ni robots que procesan toda esa cantidad de información visual, auditiva pasiva y activa a la velocidad de la luz.

 

Pasaron los minutos más llenos de incertidumbre entre lo que veía y lo que ese hombre llegó a observar. Las enfermeras y los anestesistas intentaron tranquilizarlo y explicarle que todo era muy complicado pero que estaría en buenas manos durante su cirugía. Mientras tanto, una familia que clavó sus ojos quemantes y preocupados sobre mi compañera de prácticas y sobre mi, esperaría fuera durante horas y horas.

 

Existe algo más penoso que la muerte en la salud, en este trabajo. Es la incertidumbre. La de no saber qué vas a encontrarte, cuán cansada estará tu vista tras cuatro o más horas de quirófano, de tener en la piel tatuado el mensaje de historia clínica de múltiples variantes y determinantes, de no poder decir nada a su familia porque no sabes qué tiene. Sin embargo, existe algo tan malsonante como peligroso y es el ego, esa desmoronada soberbia que se nos crece desde el primer día en que te dicen que eres la élite intelectual de un país.

 

A pesar de ello, con el paso del tiempo te das cuenta que hasta un mono con tiempo podría sacarse la carrera y que esto va más allá de la nota de corte al entrar en Medicina, de un MIR bien hecho o de rodearse de gente “que tenga los mismos intereses que tú”, que en mi caso, es bien poca. Mas, es esa gente valiosa la que ese día que salí de mis prácticas, con las entrañas fuera, me escucharon y entendieron que recordase ese término tan enrevesado de “ser dueño de tu salud”. Resulta que no es algo tan simple como preparar unas jornadas, hablar de ello, prepararse a conciencia para el hoy –ese presente presentable del que habla en sus canciones Alberto Alcalá-, de estudiar horas, de hablar de ello. Parece ser y es que, no siempre una vida puede salvarse. Pero, me pregunto a diario y ¿qué hay de ensanchar una vida?

 

Ensanchar una vida para mi va más allá de una ronda de llamadas a familiares, sesiones clínicas sobre este caso tan complejo y lleno de aristas, de medicamentos caros y fármacos que solamente palian el dolor. Se trata de saber dar esa sonrisa por muchas circunstancias personales que nos acompañen, de no soltar la mano del paciente y persona que nos necesita, nos habla e intenta explicarnos algo que no viene en un sistema informático de un sistema de salud. Su vida, sus expectativas, sus vivencias, sus ganas de vivir por pocas que sean… ¡Su escritor favorito o ese cantante de la feria del pueblo que tanto escuchó!

 

La vida, compañeros, no tiene un guión escrito. Nadie sabe bien cómo rehogar el pasado, meterlo en una cajita, borrar los errores del panel para el mañana, de cometer las locuras de la juventud y la madurez, de amar a alguien con intensidad, de recorrerse el mundo y bajarse en la parada del hogar. Tomar la moto del optimismo, por muy a cuentagotas que lo veamos. Siempre habrá alguien que nos dará una palabra de ánimo, un verso, una alegría diaria. Yo quise ser eso para ese hombre y probablemente, desde “la pasividad” con que nos enseñan a los futuros médicos, no pude serlo. No me dejaron y, la verdad, tuve miedo de atreverme a ello.

 

Mañana, cuando me despierte y una mujer, niño u hombre estén en un situación similar, mi corazón no se cubrirá de caparazones. Ni lo intentaré, no tendré miedo. Tendré cuidado pero aprenderé a cuidar con la libertad y autonomía que ambos dos, en esa relación médico-paciente, merecemos. No perderé mi humanidad ni mi fuerza y os invito a todos a hacer lo mismo. A buscar la vía alternativa, los refuerzos en amor, familia y amistad así como la literatura y la experiencia, para no perdernos tan jóvenes ni tan lejos.

 

Solamente es cuestión de tiempo. 

 

Versos y besos,

 

Iveth Quezada Encalada.

 

http://porserendipias.blogspot.com.es/

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