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El estigma diáfano.

                                                         

                                                        El estigma diáfano

Alejándose de la equidad,

fingen la supremacía de su trampa.

La certeza del devenir

y el gusto de trepar por las quimeras

marca la huella subsiguiente.

Se quedaron sin piel a la que aferrarse.

No buscarán más la plenitud;

encontrarán un saco lleno de piedras

y codiciarán hacerlas levitar.

Pero sólo encontrarán la pérdida del opaco,

ondeando pupilas

huecas,

se dirigen a las esporas de las curvas

que traslucen vuestros estigmas.

     Por Erik Kaba.

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Ruben Gutiérrez

Relato político para ingenuos… o no tanto

En Madrid, a 9 de abril de 2794

En los tiempos que corren, los humanos son tan felices que parecen haber olvidado que no hace mucho tiempo, las cosas eran muy diferentes. A día de hoy, la vida en el mundo transcurre en armonía, sin grandes altercados. Todo es de todos, todo se comparte. Y todos podemos presumir de tener alimento, acceso a la educación, a la cultura, amistad o amor. Los humanos sabemos convivir tanto con nosotros mismos como con los demás seres de la Tierra, con los mares, los bosques o las selvas.

Pero hace poco más de siete siglos las cosas no eran así. Cuentan los libros de historia que para entonces, los hombres y las mujeres habían intentado adueñarse del planeta construyendo y destruyendo todo a su paso, y que la pobreza azotaba prácticamente a la totalidad de la población mundial, sobre todo a lo que denominaban el Tercer Mundo. Los únicos que podían vivir dignamente eran los habitantes de unos pocos Estados, a los que entonces denominaban el Primer Mundo. Y cuentan también que, en el pasado, miles de personas morían al día de hambre, millones de personas no tenían acceso a agua potable o medicamentos, no tenían una cama en la que dormir, o ni siquiera un techo bajo el cual resguardarse de la lluvia.

Pero muchas cosas han ocurrido desde entonces. La mejora de las condiciones y de las formas de vida en la Tierra es incuestionable, hasta el punto de que a día de hoy no existen apenas desigualdades, y los retos sobre el cuidado del planeta han quedado superados. Pero hay algo  que ya pocos recuerdan, algo a lo que ya pocos dan importancia.

A lo que me refiero es a algo que ocurrió tal día como hoy, 9 de abril, hace setecientos años. Ocurrió ese día algo tan verdaderamente sorprendente que cambió, o corrigió, el rumbo de la historia. Al respecto, algunos dicen que pasó porque tenía que pasar, y porque de no ser así, una Tercera Guerra Mundial habría acabado con el planeta. Otros dicen que fue gracias a la influencia de los más importantes pensadores del momento. Algunos, incluso, dicen que fue obra de Dios, Alá, Jah u otros seres místicos con los que entonces los humanos explicaban gran parte de los fenómenos de la vida diaria.

Lo que sí se sabe, es que en la tarde de aquel 9 de abril de hace hoy exactamente setecientos años tuvo lugar un acto de grandísima relevancia: la mayor reunión de jefes de Estado que se había convocado nunca, en la sede de las Naciones Unidas en la Ciudad de Nueva York. Éste era un edificio de treinta y ocho plantas, y la ciudad en la que se ubicaba era una de las más importantes de aquellos tiempos. Y si en algo coinciden todos los libros que sobre el tema se han escrito, es en que, tras esa reunión, la vida, la conciencia de las personas y la forma de hacer política ya nunca fueron las mismas.

A aquella reunión acudieron todos los presidentes, primeros ministros, cancilleres, emperadores, dictadores y monarcas de todas las partes del mundo. Los desplazamientos se produjeron con más de una semana de antelación, pues eran más de tres centenares los aviones oficiales que tenían que volar para desplazar a los distintos representantes. Pero no solo los aeropuertos estaban llenos de actividad y movimiento. En todas las ciudades se comenzaba a respirar un olor muy distinto al de las décadas anteriores. Entre las personas había comenzado a correr el rumor de que algo grande estaba a punto de pasar, de que el gran cambio estaba a punto de suceder, de que el fin de los tiempos de precariedad e incertidumbre estaba a punto de llegar. Y aquella gran reunión vino a confirmar los presagios.

Sin embargo, y aunque no se sabe exactamente qué fue lo que pasó, los historiadores creen que los integrantes de aquella Cumbre Internacional pudieron no acudir por voluntad propia, sino por exigencia de diversos grupos pacifistas, ecologistas y otras organizaciones sociales. Otra de las versiones habla incluso de que todo fue fruto de una operación silenciosa muy bien coordinada a través de la cual varios infiltrados en las cúpulas de los gobiernos habrían modificado las agendas de sus respectivos ejecutivos sin previa consulta, y que, por tanto, la reunión fue esencialmente un error, una trampa en la que cayeron los máximos dirigentes y que los hizo coincidir a todos en la Asamblea de Nueva York. Pero como dice la canción, “los errores no se eligen para bien o para mal”.

En todo caso, lo más anecdótico del acto fue que los gobernantes nunca llegaron a pasar al interior de la sala donde estaba pensado que se llevaría a cabo la reunión. Llegado el día, una vez se hayaron todos los dirigentes en la antesala de la Cámara, un bonito salón lleno de sillones cómodos y con vistas al río Este, se cerraron las puertas y se les avisó de que enseguida podrían acceder al interior de la sala, tan pronto como éste estuviera preparado para dar comienzo a la convocatoria. En este corto periodo de tiempo, los dirigentes podrían conversar informalmente. Y así fue.

Al principio se formaron pequeños grupitos entre los que ya habían mantenido algún tipo de contacto anteriormente, eso sí, guardando siempre las formas y comentando solamente las situaciones económicas y las relaciones diplomáticas de cada país. Dialogaron durante un minuto, dos, cinco, diez, quince. Y en vista de que la estancia en la antesala se prolongaba en exceso, los líderes comenzaron a bromear sobre la demora. Tarde o temprano tendrían que pasar a la Cámara en la que mantendrían la tan esperada reunión, aunque realmente ninguno de ellos sabía concretamente qué puntos se tratarían en la Asamblea. Así que nadie tenía prisa. Y todos, alguno más que otro, estaban bastante agusto conversando con los demás mandatarios.

Se cuenta que en ese momento el mandatario chino llegó a afirmar que sus asesores le acababan de comunicar vía whatsapp que habían bastantes posibilidades de que la reunión fuera aplazada al día siguiente, y que el encuentro de ese día 9 de abril constaría como una simple reunión protocolaria, como un simple acto cordial en el que los presidentes tendrían la oportunidad de estrechar lazos. Como un encuentro más de los miles que ya se habían producido, y de los miles que aún estaban por producirse, fruto de la inercia de las burocracias modernas.

Nadie había confirmado aún la cancelación de la Cumbre, así que entre broma y broma entró en la sala, pasando para algunos desapercibido, un joven trajeado que, sonriente, portaba una bandeja con aperitivos para hacer más amena la espera. Entró y salió varias veces hasta que las mesas estuvieron servidas. Mientras tanto, los gobernante continuaron charlando tranquilamente. Muchos se habían olvidado ya de cuál era el propósito que les había llevado hasta allí. Simplemente bromeaban, reían y pasaban el rato. Y, poco a poco, iban descuidando cada vez más las formas y se iban quitando las máscaras de políticos, dejando al descubierto sus rostros de personas con inquietudes, aficiones, hijos, maridos y esposas, planes de futuro… y cuando se dieron cuenta, varias cervezas bien frías habían empezado a correr de mano en mano. ¡Que más daba! Por algún extraño motivo la reunión se había cancelado, y ahora solo quedaba festejar el hecho de que tantas figuras importantes de las élites se hubieran juntado.

Pasadas aproximadamente dos horas, y con los líderes ya entonados, a través de los altavoces de la sala comenzó a sonar una música de ambiente muy tranquila, con lo que los jefes se relajaron aún más. Otro joven también vestido de traje había entrado en la sala, un joven que no era el anterior. Este asistente venía, les dijo, por cortesía de las Naciones Unidas, y lo que portaba no era otra cosa que una caja de madera. Cuando los dirigentes se acercaron con curiosidad al chico para ver que mensaje tenía que comunicarles, qué carta tenía que entregarles, o lo que fuera que viniera a hacer, se encontraron con que lo que les traía no era otra cosa que… ¡marihuana de la mejor calidad!

Los gobernantes, en un primer momento, se sobresaltaron. Pero finalmente, tras varias bromas al respecto, acabaron fumándola juntos. Lo que ninguno de ellos sabía era que todo estaba preparado. Que la cúpula que organizaba y coordinaba la ONU había sido tomada por agentes de los que nunca se supieron los nombre, aunque se dice que pudieron ser los propios altos mandos presionados por las distintas organizaciones sociales que habían trazado aquel fabuloso plan.

De cualquier forma, allí siguieron los presidentes, bebiendo cerveza y fumando, fumando marihuana. Y se miraban los líderes las caras, y al ver las sonrisas de oreja a oreja de los demás, había quien aún no se creía lo que estaba pasando. A medida que pasaba el tiempo, sin que apenas lo notaran, la música que sonaba se volvía más relajante a la vez que espiritual. Nadie se dio cuenta de que la música reggae se introdujo, como no podía ser de otra manera, con Bob Marley, canciones como “Judge not”, “Simmer Down”, “Stir it up” o “Natty dread”, entre otras . Luego vino Soja, primero con “Here I am”, después con “I don’t wanna wait”… Posteriormente sonó Mellow Mood, temas como “My girl”, “Something we really want” o “Real hot”

Las caladas eran cada vez más intensas. El ambiente estaba cada vez más cargado. Y, dejándose llevar por el reggae y por los efectos del cannabis, los mandatarios comenzaban a dar rienda suelta a sus mentes. Ahora, reflexivos, meditaban juntos y, despreocupados, se dejaban llevar por el ritmo del reggae.

Finalmente, el punto álguido de la noche, pues para entonces eran ya pasadas las 21.30, llegó con  Zona Ganjah y su tema “Vibra positiva” y con Sashamon y su “Necta (butterfly)”, pues fue justo cuando sonaba este último tema cuando un mozo de poco más de veinte años, pelo largo y varias rastas colgando por su espalda, entró en la sala y se sentó con los políticos a charlar y a meditar con ellos. Para entonces, la sala entera estaba ya envuelta en una densa nube de humo y desbordaba buenas vibraciones.

Y les habló el mozo de su vida cotidiana. De cuánto le costaba llegar a fin de mes. De cuánto le costaba pagar las clases de guitarra a las que asistía. De lo imposible que le iba a ser emanciparse. Les habló el mozo de todo lo que ellos ya sabían, pero no conocían. Y como no lo conocían, no lo sentían. Él les hizo sentirlo. Les sacó de sus vidas de traje y corbata, de formalismos, de trapicheos, de sobres para cobrar en negro, de privatizaciones, de estar en política para forrarse… y les hizo ver lo que había más allá de sus mansiones. Y lo que el mozo decía, iba calando en lo más hondo de la conciencia de los gobernantes.

Les habló de todos los ciudadanos que vivían en la pobreza. De los que estaban a punto de ser desahuciados. De los que tenían que rebuscar en los cubos de basura. De los estudiantes sin poder pagarse los estudios. De los ancianos sin poder recibir atención médica… Y a medida que les iba retransmitiendo el joven las condiciones de vida suyas y de su pueblo, la sangre de los políticos se iba helando. Había logrado hacerles sentir, en lo más profundo de sus entrañas, el dolor de los demás. Había logrado hacerles ver también que en sus manos estaba cambiarlo todo. Salvar a las personas, y al mundo. Pasar, de paso, a la historia.

El reggae, el compartir con los demás, la marihuana y las palabras tan sinceras y conmovedoras de aquel mozo (que solo hablaban de la dura realidad) habían ido devolviendo poco a poco el corazón a los políticos. Llegó la situación a tal punto de conmoción, cuentan las historias, que hubo algún líder que lloró de desesperanza, de frustración, de fracaso, de ‘¿quién soy?”, de ‘¿qué he hecho?’. Lo que sus caras mostraban no era otra cosa que la incapacidad de salir de su asombro y su confusión. Y es que, muy adentro de sus seres, habían encontrado la paz, el amor, la necesidad del olvidado “bucle” que consistía en basar la felicidad propia en la felicidad ajena.

Mientras en el siglo anterior las élites nazi-fascistas (siempre con la complicidad de los pueblos) habían exterminado a gran parte de su población en los campos de concentración, ahora había sido el pueblo el que, sin hacer uso de la violencia, había conseguido hacer ver a sus gobernantes cuál era el camino a seguir. Un camino que no había que caminarse con ideologías, sino con ética, con valores.

Desde entonces, la política nunca fue la misma. Los distintos actores políticos, fuertemente tocados por lo ocurrido aquella noche del 9 de abril de 2094, conocida como la Revolución de los Valores del 9 de abril, se pusieron enseguida manos a la obra para corregir todos y cada uno de los errores que habían cometido cegados por el egoísmo e insensibilizados por la falta de contacto con la realidad social. Se comenzó entonces la construcción de un nuevo mundo, un mundo solidario, de empatía y de cooperación, un mundo en el que la opinión de cada persona contribuiría a la formación de un debate democrático, de un diálogo universal que poco a poco iría dando forma a ese nuevo mundo, al mundo de todos. Al mundo del que hoy, setecientos años después, podemos disfrutar.

Sí. Como decía al comienzo, en los tiempos que corren, los humanos son tan felices que parecen haber olvidado que, no hace mucho tiempo, las cosas eran muy diferentes. Hoy la vida transcurre en armonía y sin grandes altercados. Todo es de todos, todo se comparte. Y todos podemos alegrarnos de tener alimento, educación, cultura, amistad, amor. Todos los humanos hemos aprendido a convivir entre nosotros y con el entorno en el que vivimos. Todos comprendemos que somos parte de la naturaleza, y que la naturaleza es parte de nosotros. Y esto nos hace verdaderamente felices.

Pero hace varios siglos, las cosas no eran así. Nada era como lo es hoy. Nadie creía que algún día la especie humana llegaría a deshacerse de su egoísmo y de sus necesidades materialistas, para convertirse en una especie empática, solidaria y conectada con el resto del universo.

Por eso, cada vez que, con tristeza, vuelvo la mirada y contemplo aterrado las barbaridades ocurridas a lo largo de la historia de la humanidad, lo único que se me ocurre preguntarme es… ¿cómo pudieron los hombres del pasado tardar tanto tiempo en darse cuenta de que lo único que hacían era autodestruirse?

 

Por Rubén Gutiérrez

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Manu Navarro, Paisajes en construcción, Uncategorized

Paisajes en construcción (l): Vistas a la megalópolis.

Un paisaje que se  repite últimamente en mi cabeza , un doceavo, un último  piso en  un viejo edificio de los años 80, en él hay una pequeña terraza a la que se accede por una vidriera de cristal. No hay nada en este espacio, solo una barandilla que te separa de la tierra firme al más hondo vacío. Cuando te asomas y miras al frente te das cuenta de que son las vistas al nuevo milenio, la megalópolis de neones. En esta panorámica hay enfrente de ti una autopista, coches que transitan, diminutas vidas humanas que pasean bajo tus pies. A la izquierda hay dos edificios muy altos, las luces de sus habitantes están encendidas, en las cumbres reposan grandes antenas y carteles de bancos , roídos por el paso del tiempo. Se oye el movimiento de miles y miles de ciudadanos que van y que vienen de un sitio a otro, el tránsito salvaje. Vistas privilegiadas de una nueva época, adiós jardines de Versalles, adiós torre Eiffel, adiós, adiós, hola nuevo mundo. Son  vistas a un mundo de redes, hiperconexciones, alteregos,  dictaduras democráticas, vistas a  las segundas y terceras generaciones de inmigrantes, vistas a los monobloques habitados por jóvenes, vistas a desempleados y desahuciados quemándose a lo bonzo, vistas al trabajo precario. No son las vistas de la posmodernidad, ni de la globalización, eso quedó atrás, hace mucho, mucho tiempo. Son las vistas de un nuevo mundo en cambio, de un mundo en quiebra.

Por Manu Navarro.

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Parte de guerra

Ha finalizado la III Guerra Mundial. El resultado ha sido escalofriante. Una tragedia de una magnitud hasta ahora desconocida, inigualable. El planeta ha quedado devastado, y ya no puede hablarse del predominio de la raza humana, pues se ha extinguido, ha terminado consigo misma. La Guerra, que no ha sido un medio, sino un fin en sí mismo, ha terminado con una época cuyo futuro era extremadamente incierto para el mundo y para las personas. Aún afectado por la muerte de Dios, el género humano no supo cómo canalizar su angustia existencial, lo que acabó por llevarle al delirio, a la locura , y a que, en sus últimos años de existencia, ni si quiera se reconociera a sí mismo.

Sobre el estallido de la Guerra, es imposible atribuir responsabilidades concretas. Las causas profundas están tan fuertemente arraigadas a la esencia misma del ser humano del siglo XXI que no pueden identificarse, lo que diluye hasta el infinito cualquier posible responsabilidad. La causante del conflicto, en todo caso, ha sido la humanidad, la humanidad en su conjunto. Todos y cada uno de los seres humanos han sido corresponsables del estallido de la Guerra, en tanto que todos han contribuído, aunque sea con el simple desempeño de sus tareas cotidianas, a crear una sociedad conformista y enfermiza en la que la competencia entre individuos culminaría, tarde o temprano, en esta obra de barbarie que no ha dejado testigo alguno.

El enfrentamiento, sin embargo, no se ha producido entre naciones, ni entre sectores sociales. Tampoco se han formado bandos, ni alianzas. Ha sido un combate de todos contra todos, la máxima expresión de la crueldad humana y de la locura social del momento. Se han dado, incluso, múltiples enfrentamientos entre familias, padres e hijos, hermanos… y, finalmente, ha desembocado en masacres y exterminios masivos.

Una vez que han cesado las últimas explosiones de la Guerra, las más destructivas y estruendosas, la totalidad del globo terráqueo se ha vuelto gris, y ahora, solo hay silencio.

En el asfalto de las calles, por donde antes transitaban, a diario, millones de personas, ahora solo hay humo. A través de él puede percibirse, muy débilmente, alguna farola que yace destrozada; algún coche con el motor en llamas; gentes descuartizadas en los pasos de peatones.

Al soplar, el viento parece querer recordar que, lo que ahora son espacios solitarios, insólitos, antes fueron grandes ciudades, núcleos urbanos en los que se desarrollaron grandes civilizaciones que nunca supieron fijarse metas sensatas, condenándose a su propia autodestrucción. Y aunque a veces, en algunas zonas, el alumbrado público parpadea, toda señal de vida termina por apagarse.

Los sueños de millones de personas, de miles de naciones, de cientos de miles de ciudades… son ahora ceniza. Los hombres y mujeres del mundo no han sido víctimas sino de la época misma de la que son hijos. Sus conciencias estaban ya demasiado corrompidas. El capitalismo había echado raíces en lo más profundo del pensamiento moderno, se había convertido en una especie de cáncer incurable. La codicia humana había hecho del mundo un territorio demasiado hostil. La Guerra era inminente, inevitable.

Y por ende, también lo era el fin de la humanidad. El darwinismo social, a cuyas pautas se venía ajustando con cada vez más rigidez el comportamiento de los seres humanos, ha sido el que ha escrito el punto y final a la historia del hombre, y ha permitido la supervivencia solamente del más fuerte…

el cosmos.

Por Rubén Gutiérrez

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