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Anonimato

No encuentro la paz en esta ciudad de máquinas, ruidos e insomnio. Durante el día, las escaleras mecánicas chirrían, y voces y carcajadas irrumpen en mi cabeza como una abalancha, muy fuerte, muy rápido. Todo va muy rápido. El Metro circula a millones de años luz. Y me angustia pensar en lo mucho que se parece este lugar a un hormiguero: hipnotizadas por el trabajo, las hormigas se desplazan a gran velocidad bajo la tierra para seguir trabajando. Durante la noche, siempre incertidumbre. Inseguridad. En cada acera, en cada esquina. No puede saberse quien acecha. Miedo, siempre miedo. Miedo y desconfianza. Y  anonimato. Vivo en el anonimato. Todos vivimos en el anonimato. En la Colmena de Cela. Olvido, cada noche al irme a dormir, todas y cada una de las miles de caras que he visto durante el día. No son gentes. No son vidas. No son más que eso, caras. Rostros vacíos. Retratos. Retratos anónimos. Y, si acaso trato de buscar explicación alguna, me pierdo entre las páginas de un libro, y, por cada intento de respuesta, me surgen diez nuevas preguntas. Pero no hay tiempo. Ni espacio. Solo estoy, yo, aquí. No me encuentro ni conmigo, ni con nadie. Invisible, impersonal, desconocido. Anónimo una vez más. Ni aunque me tuvieras delante de tus ojos me verías.

Por Rubén Gutiérrez

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