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Egoístas ilustrados

Cuando ya no puede justificarse más lo injustificable, cuando ya no puede defenderse más lo indefendible, cuando ya no quedan más argumentos… qué fácil es escuchar eso de que “las cosas siempre han sido así”. ¿Para qué darle más vueltas, “si ésto es lo que hay”, amigo, si “así es la vida”? Y gana a la razón, en muchas ocasiones, el estúpido determinismo que supone pensar que porque las cosas siempre hayan sido de una determinada manera tienen que seguir siendo así.

¿Recuerdas aquellas cuatro repugnantes palabras con las que el neoliberalismo se impuso desde los años setenta como pensamiento único? Sí, aquellas cuatro palabras que muchos consideran el peor legado de la señora Thatcher: “There is no alternative” (TINA), no hay alternativa. Esas palabras que tienen su origen en el darwinismo social de Herbert Spencer, y a las que se aferraban los mayores defensores del capitalismo (Hayek, Friedman, Reagan, la citada Thatcher…). Las mismas palabras que aún a día de hoy nos siguen repitiendo para disfrazar ideología de ciencia y para justificar barbaridades que solo benefician a una minoría. No hay alternativa, dicen. Y así justifican que los grandes bancos y las grandes empresas se enriquezcan a costa del sometimiento del resto del planeta. ¿La razón? “Las cosas son así”.

Ahora bien, estas cuatro palabras han tenido, a la larga, unas consecuencias que van más allá de la infraestructura de la sociedad. En ésto tampoco se equivocaba Marx. Hoy ya parece algo evidente que la superestructura de una sociedad es, en gran medida, reflejo de la infraestructura de esa sociedad. Sobra aclarar, por tanto, que esas cuatro palabras que son la base del neoliberalismo, no solo tendrían una incidencia nefasta en la infraestructura social, sino que, por ende, también lo tendrían en la superestructura, determinando claramente el pensamiento y la conducta de los individuos.

Así se entiende que en la biblioteca de la facultad en la que estudio haya pegados en las mesas unos carteles que alertan: “Si sales, aunque sea por un momento, no olvides llevar contigo todos tus materiales. Podría venir otro más listo que tú y llevárselos”. Así es como se retrata al listo. ¿Y al tonto? El tonto es el que, en vez de aprovechar para quedárse el móvil que se le ha quedado atrás a la persona que acaba de bajarse del Metro, va, la avisa y se lo entrega. Ese es el tonto. El que no es egoísta. Al contrario que el listo, que sí sabe aprovechar las oportunidades que se le presentan para beneficiarse. ¿La razón? “Así es la vida”. Sentido común elemental del siglo XXI.

La conclusión es más que obvia: si tienes ocasión, miente, desconfía, aprópiate de lo de los demás, quédate con tres veces más de lo necesario de algo si ese algo es gratis, inventa cualquier excusa para ahorrarte el esfuerzo de ayudar a otro que te necesita… Pero sobre todo, no dudes en sentirte orgulloso de tu egoísmo. Porque al fin y al cabo,  ¿qué más da? Los otros harán lo mismo. “Así es la vida”, ¿no?

 

Nos dicen que el ser humano es, “por naturaleza”, malo y egoísta, y que está condenado a ser así por siempre. No nos dicen que nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos en un ambiente hostil y agresivo, que aprendemos imitando, y que nos han enseñado a ser todo lo que somos.

Nos dicen que a lo máximo que podemos aspirar es a asumir nuestras propias contradicciones. Lo que no nos dicen es que, cuando asumimos el egoísmo, el cinismo y la hipocresía como forma de vida, negamos toda posibilidad de ser libres.

Por Rubén Gutiérrez

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Palos de ciego

“¿Por qué ese sentido utilitario de las cosas?”, se preguntaba el recientemente fallecido José Luis Sampedro. “Si hay que buscar el sentido de la música, de la filosofía, de una rosa, es que no estamos entendiendo nada”, concluía. Y probablemente la respuesta a todo, la explicación a esta situación de esquizofrenia social, el diagnóstico del ser humano moderno, sea así de simple: no estamos entendiendo nada o estamos entendiendo mal. ¿Quiere decir eso que esta crisis que vivimos, en realidad no es externa, sino interna? ¿Que no es de la economía sino del pensamiento? ¿Que no es de los políticos sino de los pequeños episodios cotidianos de las personas? Algo muy parecido nos dice el sabio maestro hindú Jiddu Krishnamurti. ¿Por qué sino nos iba a resultar tan difícil imaginar una alternativa al capitalismo?

El capitalismo más grave y difícil de enfrentar es el que llevamos en nuestras venas. Las ideas se producen, se patentan, se compran y se venden; los argumentos se repiten y es cada vez más difícil escuchar algo nuevo y revitalizante; las tradiciones hace mucho tiempo que dejaron de ser formas de externalizar realidades interiores para convertirse en simples manifestaciones físicas fácilmente reproducibles; el lenguaje se convierte en la mejor forma de no entendernos; el sentido común deviene en un sinsentido común. El hombre se queda hueco por dentro, vacío. Con el corazón aún palpitando al ritmo del mercado capitalista, apunto de hacer explosionar todo irreversiblemente.

Pero pese a esto, no se detiene en seco y piensa. No deja el loco de aprender del loco. No deja el tonto de seguir al tonto. No. No quiere “entender”, compartir, ni crecer. Quiere seguir dejándose llevar por la misma inercia que empuja a las masas, y que le mueve a combatir sin plantearse contra qué o quién, ni de qué manera. La inercia que le hace seguir caminando sin rumbo, profetizando sin mensaje y movilizándose sin causa, tratando de arreglar afuera lo que no ha arreglado primero adentro.

No quiere pararse y pensar: pretende cambiar el mundo dando palos de ciego.

Por Rubén Gutiérrez

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