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Sobre el Yasuní ITT: que no te seduzca la derecha

Si de alguna parte del mundo pueden a día de hoy venir las respuestas que todos necesitamos (y todos, no debiera tener que hacer este matiz, incluye a la Madre Tierra), es de Latinoamérica, en especial de Ecuador, Bolivia y Venezuela. La razón es muy simple: solo allí se están formulando las preguntas correctas.

Por eso se me para el corazón cuando ocurre algo tan serio como lo ocurrido estos días sin la correspondiente trascendencia (al menos en este parte del globo): la derogación de la Iniciativa Yasuní ITT, una iniciativa profundamente necesaria promovida por el gobierno ecuatoriano, presidido por Rafael Correa. Enmarcado en un proceso de construcción de un modelo de Estado ecosocialista, aún en fase experimental, este programa sería un grandísimo paso para una Revolución Ciudadana que ha dotado, por primera vez, a la naturaleza de derechos constitucionales.

Sin entrar a explicar detalladamente en qué consistió esta iniciativa (puede ser consultada en cualquier otra fuente de internet) sí diré que fue un programa iniciado en 2007 por el citado Correa con el propósito de no extraer las reservas de petróleo que descansan bajo el Parque Nacional Yasuní, ubicado en la selva amazónica. Este parque es considerado el lugar más biodiverso del planeta, razón por la cual es reserva de la biosfera. En él habitan todavía grupos aborígenes no contactados. Además, de no ser extraído el crudo, se calcula que se evitaría emitir más de 400 millones de toneladas de CO2 a la atmósfera (el cambio climático, aunque ya no se emita en los telediarios, sigue siendo junto a la pobreza el desafío más grave y urgente).

Por éstas y otras muchas razones, el gobierno ecuatoriano trató con este proyecto de hacer una propuesta a la comunidad internacional: las reservas de petróleo no serían explotadas a cambio de una compensación económica equivalente a 3.600 millones de dólares, la mitad de los ingresos que percibiría en caso de explotar esos recursos. Recordemos que Ecuador, pese a ser un país muy rico en materias primas, no deja de tener un Índice de Desarrollo Humano muy inferior a lo deseable. La necesidad de una educación, una sanidad y una justicia para todos y de calidad, entre otras cosas, como no ha cesado de señalar el mandatario ecuatoriano, sigue siendo una prioridad fundamental (por delante tienen retos tan elementales como superar los altos índices de mortalidad infantil, mortalidad materna, enfermedades…). Por ello, explotar esos recursos o obtener la compensación les supondría unos ingresos de los que difícilmente pueden permitirse prescindir.

Pero ojo, como el mismo Correa señalaba, no era “caridad lo que pedía, era corresponsabilidad con el cambio climático”, dejando claro que era el pueblo ecuatoriano el que más contribuía al no recibir la otra mitad de los ingresos que se calculaba que obtendrían por explotar el petróleo del Yasuní.

Aunque en principio se aceptó la propuesta y fue la ONU la encargada de gestionar los fondos, lo cierto es que transcurridos seis años desde su aprobación solo han logrado ingresar el 0,37% de lo previsto, una cantidad que además proviene, en parte, de aportaciones de distintas ONGs ecologistas. Consecuencia: el Presidente ecuatoriano ha tenido que optar por el “plan B” del proyecto, consistente en explotar el 1/1000 del Parque, eso sí (dicho sea de paso, ya me gustaría que aquí fuese igual), por una empresa pública y responsable y dedicando los beneficios a erradicar la pobreza y mejorar los servicios sanitarios del país.

Pero a lo que iba. Con respecto al corazón de la propuesta del gobierno ecuatoriano, a simple vista, nos puede incluso parecer de chiste que un Estado pida rentabilidad económica por unos recursos que no va a explotar. Y es normal. Nuestro más elemental sentido común nos impide analizar este asunto y casi todos fuera de esa lógica mercantil-productivista según la cual se produce, se vende, y en ese proceso se obtiene un beneficio. Nos cuesta demasiado entender que existen elementos (el ser humano, un bosque, el aire, el agua…) que no pueden seguir la dinámica del mercado y que, y esto es lo importante, no son tenidos en cuenta en el precios de los productos que consumimos. Esto hace más atractivo para una empresa explotar a sus trabajadores y contaminar (lo que los economistas cínicamente denominan “externalidades”) que invertir en renovables y remunerar a sus empleados. Es decir, tal y como está constituído el mercado actualmente, es el precio el que da la información y el que, en consecuencia, incentiva una determinada manera de hacer las cosas.

Por esta razón, cuando el Estado ecuatoriano pide una compensación económica por NO extraer el petróleo del Parque del Yasuní, lo que está haciendo es plantear, apelando a principios de lo que allí denominan el ‘buen vivir’, muy relacionado con los planteamientos de la ‘economía del bien común’, que las buenas maneras deben ser compensadas. Veámoslo claramente con un ejemplo. Si hay dos empresa, una que gana 100 euros contaminando un río, y otra que gana 50 euros sin contaminarlo, con los criterios de mercado actuales, la segunda empresa terminaría desapareciendo ante la “fuerte competitividad” de la primera, pues esos criterios buscan que la minoría empresarial de la primera empresa se enriquezca a costa de la contaminación del río. Pero con unos criterios que tengan en cuenta y penalicen la contaminación del río, la segunda empresa podría sobrevivir y quién sabe si hasta imponerse a la primera. Algo muy parecido es lo que plantean el ‘buen vivir’ o ‘bien común’, y es la lógica que está detrás de la petición ecuatoriana.

La afirmación del Presidente de la República de Ecuador de que “el mundo nos ha fallado”, solo revela que como sociedad todavía no estamos preparados o dispuestos a dar ese salto que implica el cambio de parámetros. Todo lo demás es humo.

En Ecuador ya se está extrayendo petróleo, gran parte ilegalmente. Mucho más de lo que se va a extraer en el Yasuní. Y en el resto del mundo mejor ni hablar. Igual que de los ingresos, que todos van a manos privadas.

En definitiva, lo que a efectos prácticos va a ocurrir es que ese 1/1000 del Yasuní ITT va a ser explotado. Y ante ésto, nosotros podemos hacer dos cosas. La primera consiste en señalar con el dedo descaradamente y culpar a Rafael Correa, como está haciendo tanto la derecha más rancia y vacía de argumentos (opiniones, por llamarlo así, como ésta) como buena parte de la izquierda, como se refleja en la a mi juicio desafortunada portada de la edición digital de ayer de El Diagonal. La segunda consiste en culpar al capitalismo y a quienes lo gestionan, como más acertadamente apuntaba Alberto Garzón en su blog.

En cualquier caso, lo cierto es que resultaría bastante ingenuo e hipócrita por nuestra parte no darnos cuenta de que aliándonos todos y movilizándonos contra el gobierno ecuatoriano y no contra el resto de potencias que le han dado la espalda, solo estamos siendo funcionales a los intereses del capital internacional, que, vistiéndose (¡qué sospechoso!, ¿no?) de “ecologista”,  busca deslegitimar al gobierno de Correa. Un gobierno que, hay que reiterar, se ha visto prácticamente solo en la lucha contra el cambio climático y, antes que ser el tonto útil, ha optado por no descuidar irresponsablemente las más básicas necesidades de tantos ecuatorianos, que, es de entender, son prioridad.

Por Rubén Gutiérrez

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