Ruben Gutiérrez

De lo relativo y lo absoluto

Había sido una de esas largas noches en las que discutíamos, histéricos, como si nos fuera la vida en ello, con el único fin de hacernos saber que no estábamos solos, que no estábamos locos, como en una especie de terapia colectiva.

Pese a la imposibilidad enunciada por todas aquellas personas cuya pereza intelectual les impedía siquiera intuir la existencia de algún tipo de verdades absolutas, nosotros siempre tuvimos la sensación de que cada vez nos acercábamos más a una realidad que subyacía en lo cotidiano, que nadie, o muy pocos, lograban percibir.

Las claves, los secretos, las explicaciones que todos anhelamos, en ocasiones las sentíamos tan cerca como un humo que te envuelve, y te da la oportunidad única a tí, solo a tí, de admirarlo unos instantes, pero que no puedes palpar, que no puedes coger entre tus manos, porque se desvanece…

Y así, hasta que la vuelta a la normalidad nos obligaba a olvidar, o al menos a ignorar, cuanto habíamos aprendido.

Si por el contrario hubiésemos tomado desde el principio como válida la base filosófica del relativismo, todo hubiese estado justificado, todo valdría, con lo que nos hubiésemos encontrado pisoteando todo el respeto y el reconocimiento que una reflexión bien hilada y enfocada merecía.

Sin embargo, quizás en algo sí tenían razón quienes negaban la posibilidad de que las subjetividades pudieran ser elevadas a categorías universales. Ese relativismo que nos desquiciaba, al reducir cada nuevo apasionante debate al rango de cháchara irresoluble y al zanjar tajantemente cada nueva discusión, intentando ser el punto y final de todas las tesis, nacía y moría siempre de la mano de un elemento demasiado difícil de advertir.

Invisible, etéreo, inmaterial, imperceptible… pero siempre presente: el lenguaje. Herramienta cuyo uso puede llevarnos tanto al progreso, al avance y al entendimiento mutuo, como a la más cruel y abrumadora incomprensión del mundo. Probablemente era ahí donde erradicaba la trampa.

Nombrar algo implica, inmediatamente, hacer referencia implícita a lo contrario de lo que se dice, lo que complica hasta el extremo la formulación de verdades absolutas a través de la palabra. Por ello, aunque con ingenuidad asegurábamos “dudar de todo”, en realidad obviábamos que afirmar esto conllevaba desde el comienzo no dudar, por lo menos, de que dudábamos de todo. Y ocurría igual en el sentido contrario: cuando tratábamos de justificar que “todo era relativo”, esa afirmación tomaba un carácter absoluto, incurriendo en una contradicción que rompía todos los esquemas. Nada es absoluto, nada es relativo… ¿?

No alcanzaba de ninguna manera nuestra mente a situar cada nueva verdad enunciada (o lo que podíamos considerar nosotros como “verdad”) dentro de ese eje cartesiano que representaba lo relativo/absoluto de las cosas. Y es que, al menos tomando como referencia el lenguaje, no parecía posible totalizar ningún concepto, pues pecábamos en todo momento de exceso o de defecto en la rotundidad de cada afirmación.

A la única conclusión a la que, por tanto, nos había parecido posible llegar era a la que se obtenía, por así decirlo, de despejar las incógnitas planteadas: a lo relativo podía objetársele la regularidad de los acontecimientos que todos percibíamos, pues eran de la consistencia suficiente como para salvarnos de algunas relatividades; a lo absoluto, por su parte, cabía objetársele la incapacidad del lenguaje para expresar con palabras una verdad y lo que esa verdad despreciaba, pues siempre habría una porción de la realidad que escaparía a lo enunciado por esa verdad, por muy absoluta que intentase ser.

Pero de esta última ecuación podía deducirse algo más. A la ineficacia del lenguaje (al menos para el fin mencionado), podía contraponérsele la fuerza del silencio. Y no es ninguna metáfora poética: cabía la remota probabilidad de que esas verdades absolutas descansaran en el más recóndito interior de cada ser, sin la posibilidad de ser compartidas, al menos, hasta ahora.

Esto podría justificarse haciendo un símil con algunos casos reales que han ocurrido y ocurren en el mundo físico: en algunos momentos de la historia, por ejemplo, algunas naciones han llegado a un punto de desarrollo superior al de otras naciones,  descubriendo o investigando elementos que en otras partes del mundo aún no pueden ni siquiera ser imaginados. Y de la misma forma ocurre con los distintos periodos vitales de las personas: un adulto bien formado y culto, comprenderá muchísimas cosas que un niño que acaba de empezar sus estudios de primaria no puede comprender.

Pues con estas categorías universales, igual. Cosas que muchos habían pensado o intuído, podrían ser sencillamente fragmentos de esas verdades aún inacabadas, pero que, tal vez algún día, con el desarrollo de un lenguaje sin brechas y de una mente completamente activada y verdaderamente conocedora del entorno en el que vive, podrían llegar a ser comprendidas. De ahí el balbuceo inevitable en el que hasta ese momento seguiríamos cayendo quienes a día de hoy pretendíamos entender, o incluso, compartir esas intuiciones.

Mientras tanto, solo apelando al silencio lograríamos empequeñecernos para advertir la grandeza del universo. Posiblemente, tras ésto, hayamos conseguido humildemente darnos cuenta de que eso que nos recorre por dentro, también recorre a los demás seres humanos (incluso a quienes no lo perciben) como si de ramas de un mismo árbol nos tratásemos. Como quien dice, “somos polvo de estrella”: compartiendo origen, ¿no parecería sensato pensar que también nos esperaba el mismo destino?

Frente a la ineficacia del lenguaje, la fuerza del silencio para vislumbrar lo eterno, que existe, y que está ahí, esperándonos.

Tal vez, sin quererlo, un relativismo radical. Pero, creo, tan radical, que escapa a su propio relativismo, alcanzando, estoy convencido, lo absoluto.

Y si finalmente, pese a todo, este intento de alcanzar la comprensión y justificación de algunas universalidades no es más que “mi punto de vista”: al menos me quedará la satisfacción de haber tratado de evitar la trampa del relativismo

Por Rubén Gutiérrez

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