Ruben Gutiérrez

De herramientas y falsas necesidades: por qué el mal uso de Facebook te está robando el alma

De lo que hoy quiero hablar es de un clásico dilema, de un debate que se tiene desde hace mucho tiempo, y sin embargo es cada vez más imprescindible. Podría resumirse diciéndose que es el debate sobre la coherencia, y es, sin duda, un debate clave para el pensamiento emancipador.

Al ser el enunciado de este dilema tan abstracto, caben en él muchísimos ámbitos en los que se experimenta esta tensión entre la coherencia-incoherencia, el puritanismo-pragmatismo, lo comercial-independiente… Como digo, muchísimos ámbitos: la política (¿hacer política contra el sistema desde el sistema?), el arte (¿hacer arte contra el sistema desde el sistema?), el estilo de vida (¿criticar el sistema viviendo del sistema?), y un largo etcétera. Cabría aquí cualquier ámbito en el que teniendo uno su propia “verdad”, viviera asumiendo que tiene inevitablemente que incurrir cotidianamente en contradicciones con su propia verdad.

Lo primero que hay que reconocer es que, quien exija una coherencia absoluta, debe renunciar a muchas cosas. En mi caso, por ejemplo, a cualquier forma de organización política con la mínima posibilidad de cambiar algo, a Pablo Iglesias, a Podemos, así como a conocer la música de Bob Marley o de Calle 13, a utilizar medios de transporte que contaminen, a comprar en grandes superficies, y otro larguísimo etcétera de elementos que conllevan asumir una incoherencia.

Esto, no nos engañemos, no sirve para justificar el otro extremo: la incoherencia absoluta. Por esta razón, es, como decía, más imprescindible que nunca reflexionar sobre cuán coherentes estamos siendo con nosotros mismos, hoy que contamos con más herramientas distintas y en más ámbitos distintos que nunca, que pueden estar acercándonos o alejándonos de ese estado de coherencia con nosotros mismos.

Es necesario, pues, tratar de encontrar y de aproximarse a ese punto óptimo en el que el uso, en principio incoherente, de una herramienta, te permite ser más coherente contigo mismo. Aunque ahora hablaré de facebook, bien podría aplicarse a todas las demás herramientas dudosas de generar o de tener al menos la capacidad de generar incoherencia. Entraré por fin al tema concreto que me trae aquí.

Yorokobu pronosticó hace algún tiempo que la red social Facebook se hundiría por distintos motivos. Aunque aún no se ha cumplido aquel pronóstico, hoy ya hay un usuario menos registrado en la red (aunque por desgracia, sus datos seguirán por mucho tiempo registrados en alguna base de datos de la NSA…). Sobra decir (o eso pensaba yo), que evidentemente no se me ha pasado por la cabeza en ningún momento la idea de que mi salida de la red vaya a producir una oleada masiva de usuarios que se den de baja. Aunque tal vez me gustaría que así fuese, ni de lejos pretendo que esto ocurra.

Me guste o no, esta “profecía” sobre el hundimiento de Facebook aún no se ha cumplido, y quizás nunca se cumpla. Esto no significa que el análisis que se hace en el artículo de Yorokobu sea de ningún modo erróneo. Diré más: siendo sincero, me interesa más bien poco saber cuándo se hundirá Facebook, si es que se hunde algún día. Lo que me interesaría mucho más saber es cuándo se hundirán muchos de los patrones de comportamiento a los que Facebook ha dado lugar.

No le daré aquí más vueltas a lo mismo de siempre, ni repetiré todo lo que ya se ha dicho mil veces. Simplemente diré que, sin duda, cuando se reflexiona sobre este asunto se tiene que partir de la idea de que hay que poner toda la atención en la persona, y no en la herramienta. En otras palabras, que facebook en sí no es malo, sino que lo malo es el uso que se le da.

Pero esto es así, sin embargo, solo hasta cierto punto. ¿Por qué? Pues porque facebook no es una herramienta cualquiera. Es más… ¿qué es una herramienta? Es por aquí por donde debemos comenzar.

A lo largo de la historia, desde el palo o la rueda de nuestros antepasados, hasta el último modelo de tablet o las impresoras 3D chinas, el “ser” humano (e incluso se podría considerar que algunos animales) han creado multitud de “herramientas”, esto es, de instrumentos, tangibles o no, y de procedimientos, con el fin de facilitar o posibilitar la realización de tareas y la consecusión de fines. Con el paso del tiempo, no obstante, las tareas a desarrollar y los fines a conseguir han ido evolucionado, con lo que las herramientas se han ido adaptando a las necesidades del momento.

Dicho esto, faltaría matizar cuáles han sido esas “necesidades” del momento. A nadie se le escapa que sobre todo en los últimos siglos, no han sido las necesidades las que han ido en busca de herramientas que las satisfagan, sino que por por el contrario, se ha llegado al punto en el que han sido las herramientas las que han ido en busca de necesidades que satisfacer, llegando incluso como sabemos a “crear” necesidades (gracias a la publicidad, el marketing, el aumento de la capacidad de consumo, que no es lo mismo que el nivel de vida, etc.)

La “necesidad”, como otros muchos conceptos, no es una realidad objetiva e inmutable. Es una construcción social, y como tal, deberíamos repensar qué consideramos hoy en día necesario (sin perder de vista claro está que estamos pensando desde el seno de la civilización occidental posmoderna; las necesidades en otras partes del mundo son descomunalmente distintas).

Facebook es una herramienta que originalmente surgió tratando de responder a la necesidad de facilitar la comunicación entre las personas (en este caso los estudiantes universitarios). Pero decir esto es no decir nada. Facebook surge también en un periodo en el que la globalización, sea lo que sea eso, está ya bastante avanzada. Por tanto, es necesario añadir que Facebook surge en una etapa en la que la velocidad es algo fundamental (en este caso, la velocidad a la que se transmite la información). Pero dejaré a un lado la relación entre Facebook (y las redes sociales e internet en general) y la globalización, pues este sería un tema que ocuparía muchos libros.

A donde quería llegar era a que, si bien es cierto que la idea que puede haber detrás de una herramienta como Facebook, la de mejorar la comunicación entre las personas, es buena, y aunque la necesidad a la que responde pueda ser real o inducida, buena o mala, también es cierto que una cosa es el ser, y otra, a menudo muy distinta, es el deber ser.

En esto no podemos ser cínicos (como, irónicamente, se ilustra en el final del artículo de Yorokobu), pues estamos tratando de una cuestión tan relevante como es la coherencia con uno mismo, estamos tratando del ser. Hay que abrir los ojos, y aceptar que un debate con cada vez más fuerza es el de si las redes sociales nos conectan o nos deconectan. ¿Puede una herramienta como Facebook, que supuestamente busca mejorar la comunicación entre las personas, acabar contribuyendo a incomunicar a las personas unas de otras, pero también consigo mismas? En mi opinión, rotundamente sí.

Esto no significa de ninguna manera que las redes sociales sean malas per se. Me encanta Series.ly, o, con sus más y sus menos, Spotify, u otras muchas redes sociales que responden a una necesidad, real o inducida, pero sin llegar a ser perjudicial para la identidad del ser humano, que es lo que está ocurriendo con Facebook, al menos tal y como lo están usando muchísimos, probablemente la mayoría de los usuarios a día de hoy.

Y es que Facebook ha ido desarrollando una serie de inconvenientes añadidos. Pese a que muchos hacen un buen uso de esta red (bajo mi punto de vista: compartir noticias, artículos interesantes, poder comunicarse con personas que viven lejos, etc.), un día normal en Facebook es bien distinto a como considero que debería ser.

Esto se debe, entre otras cosas, a que como decíamos, Facebook no es una herramienta cualquiera, pues mal utilizada puede llegar a alterar nuestra percepción de nosotros mismos al crear un círculo vicioso de interacciones de falsos “yo”, de perfiles de personas que publican cosas que no solo no deberían interesarnos, sino que, además, contribuyen a espectacularizar las relaciones sociales.

Por otra parte, Facebook es una herramienta que aunque en gran parte ha sabido responder a la auténtica necesidad de mejorar la comunicación, también debe reconocerse que ha degenerado en una herramienta creadora de falsa identidad y de nuevas necesidades, como puede ser la necesidad de sustituir la in-timidad por la ex-timidad, la necesidad de sustituir la preocupación por el cultivo de la propia persona y de cuanto le rodea por la preocupación por el cultivo únicamente de su muro de facebook y de su “biografía” virtual (la denominada ‘cultura del postureo’ en la que cae inevitablemente, aunque en mayor o menor medida, todo aquel que se trata de integrar en esta red social), así como la necesidad de diluir la identidad propia en una representación (interesadamente seleccionada) de uno mismo.

En efecto, Facebook no es una herramienta cualquiera. Es una “red social”, que se ha convertido en una realidad paralela en la que muchos pueden llegar a pasar muchísimo tiempo y a alienarse, en donde se pueden gestar depresiones y estrés, y que puede llegar a convertirse en un refugio para quienes por timidez, cobardía o inadaptación social, huyen del contacto cara a cara con las demás personas.

Y la responsabilidad de esto, como dijimos al comienzo, podemos atribuírsela al uso que las personas hacen de la herramienta, eso es cierto. Pero también es cierto que un grandísimo porcentaje de las personas que usan la red social, o en palabras de Yorokobu, la “maligna”, no están preparadas para usarla por falta de formación en el uso de las nuevas tecnologías. Y al igual que existe un grandísimo porcentaje de personas que no están preparadas para utilizar Facebook, me atrevo a afirmar, sin ningún tipo de pudor, que son también muchísimos quienes no hacen un uso adecuado de WhatsApp, Tuenti, Instagram… y otras redes sociales que más que conectar, desconectan. Que acercan a quienes están lejos a costa de alejar a quienes están cerca.

En otras palabras, la responsabilidad no es solo de la persona, ni tampoco solo de la herramienta. Digamos que el problema surge cuando una herramienta deja de responder, si es que alguna vez lo hizo, a la necesidad real que le dio origen, y pasa a crear nuevas falsas necesidades (y en el caso concreto de Facebook, como he dicho, a producir alienación) sobre todo en personas que no han sido educadas sobre cómo trabajar con herramientas tan complejas (pues las redes sociales, sociológicamente hablando, son herramientas muy complejas).

Cuando una herramienta es prescindible, es porque la necesidad a la que respondía era una falsa necesidad. No creo que Facebook sea prescindible, porque es una herramienta que, bien usada, puede aportarnos muchísimo. Lo que sí son prescindibles son muchas opciones que Facebook ha ido desarrollando con el paso del tiempo y que han hecho de esta red social ese espacio virtual que en muchas ocasiones sustituye a la realidad y nos roba el alma. Tampoco creo que Facebook tenga que hundirse, y si es así, espero que sea porque aparezca algún portal en el que las personas participen adecuadamente, porque eso es a fin de cuentas lo que importa.

Creo además que existen otras formas de estar bien comunicados sin someternos a una alienación tan grande, incluso dentro del propio Facebook. Por esta razón, con la sensación de que ya nada me aporta, renuncio a mi perfil de Facebook, pero lo hago porque conservaré la página de A la mar, pues considero que es así como podré hacer realmente un buen uso de esta red social: compartiendo información, conocimiento, arte, experiencias valiosas…, de la misma forma que una persona que no tiene una página de Facebook puede hacer un buen uso de la red a través de un buen uso de su perfil, limitando el número de “amigos”, las historias que le aparecen en las “últimas noticias”, el tipo de contenido que decide compartir, etc. para que podamos estar conectados a través de la red sin la necesidad de mantener esa identidad paralela-irreal-virtual que hace que las personas dejen de ser personas y se conviertan en perfiles de Facebook. Por eso, quien sabe si tal vez, dentro de algún tiempo y con la lección aprendida, vuelva a la red social con un perfil propio, participando de ella de la forma más coherente posible. O tal vez no.

Cuando quiera hablar con algún amigo, lo haré sin la necesidad de saber todo lo que hacen mis “amigos” de Facebook y de que todos mis “amigos” de Facebook sepan lo que hago yo. Cuando crea que ha llegado el momento, escribiré mi “biografía”, con lápiz y papel; quiero escribirla yo o alguien en quien confíe, y no quiero que nadie la lea hasta que esté acabada. Cuando quiera compartir una foto, la compartiré de manera privada, solo con quien quiera compartirla, por dropbox, por hotmail, por pendrive, o de mano a mano. Cuando quiera ver los álbumes de fotos iré a la estantería y veré las fotos en papel, y cuando quiera enseñárselas a alguien, se las enseñaré en persona. Cuando algo me ilusione, lo primero que haré no será correr a facebook para que todos conozcan mi nueva ilusión: trabajaré hasta hacerla realidad. Y cuando una canción me emocione, no copiaré un fragmento de la letra y lo pegaré junto al link de youtube de la canción: me la aprenderé y el placer que me dará cantarla con quienes quiero, me dará una felicidad mucho más real que la que me daría un puñado de “me gusta”.

Y así, yo no dejaré de ser yo.

Que Facebook y las demás redes sociales dejen de ser un vertedero, un lugar lleno de paja en el que es casi imposible encontrar algo que valga la pena, una biografía virtual creadora de falsa identidad y de alienación que nos roba el alma… depende de nosotros, de las personas, del uso que hagamos de esas herramientas. Así que míralo así: el mundo es en primera persona, y con nuestro uso y la conciencia que creemos a nuestro alrededor, las herramientas pueden llegar a ser bien utilizadas y las falsas necesidades pueden llegar a ser eliminadas. No olvides que tú eres tú, y no tu perfil de Facebook. Tu perfil de Facebook es solamente la herramienta a través de la cual puedes compartir y aprender: compartir conocimiento y aprender cómo hacer del mundo un lugar mejor; y no compartir todo lo que has pensado/hecho, ni aprenderte la vida virtual de tus “amigos”.

 

Por Rubén Gutiérrez

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Ruben Gutiérrez

Silencio

La melodía que floreció para hacer más bello el mundo. Las palabras que sirvieron para ponérnoslas en los pies y caminar hacia la verdad. El viento que nos limpió el alma. La fotografía que captó el viento, las palabras y la melodía. La sonrisa que valió más que mil palabras. Las mil palabras que se llevó el viento. El viento que sonó a melodía. La melodía que quería sonar a silencio. El silencio que sonaba a sonrisa. La sonrisa de la fotografía que estaba en silencio. El silencio de la fotografía que estaba sonriendo.

Y así, en todo lugar, en todo momento, lo decimos y lo pensamos, cuando no decimos ni pensamos nada. La gran evidencia que pasó desapercibida. La gran verdad que fue ignorada. La gran cima que todo y todos tratan de alcanzar, la montaña sagrada. La montaña que guarda sabias melodías, armoniosas palabras, energías, espíritus y dioses ancestrales. En donde los más fuertes y estruendosos vientos sirven para sentir eso hacia lo que todo tiende: la esencia, lo indescriptible, lo más profundo, el silencio.

Ya estás arriba. En el nexo entre la tierra y el cielo, en lo más alto.

Ahora, solo siente como te elevas, siente como te expandes.

Ahora solo respira el momento.

 

montagna_de_tindaya - copia

 

Por Rubén Gutiérrez

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