Ruben Gutiérrez

Las flores que dejamos de regar

Estúpido imbécil. Yo, que he podido permitírtelo, también me he lamentado en infinidad de ocasiones. He lloriqueado. Pataleado. Clamado al cielo. Creyendo que mis pequeños contratiempos de caprichoso acomodado eran enormes problemas irresolubles.

Siempre me quedo atrapado en el detalle. En lo insignificante. En lo más irrelevante. Me fijo solo en los árboles, y cuando intento ver el bosque, ya es demasiado tarde. Maldito idiota.

En un mundo en el que hay quien, sin aún haber nacido, tiene determinado su futuro: una vida de pena, tristeza y rechazo. Todo porque cuando aún era un feto en la barriga de su madre, la radioactividad de una central nuclear cercana le causó múltiples malformaciones que le negaron la posibilidad de una vida como la tuya o la mía.

En el que millones de personas viven alejadas de sus familias, de sus parejas, de sus amigos, en la soledad forzada. Personas sin la posibilidad de coger de la mano a quien aman, decirle que le quieren, y pasear por la calle juntos. Obligados por las circunstancias a intentar sobrevivir, solos, lejos, con la única esperanza de que vuelva a llegar pronto el día en que, tras conseguir algo de comer, sobren algunas monedas para llamar desde la cabina y escuchar, en la distancia, la voz melancólica de la persona a la que se desearían tener al lado. Verdadero sufrimiento.

Hipócrita, imbécil inconsciente. En un mundo lleno de historias de amargura, de vidas fragmentadas, de corazones rotos, tú, cabrón con suerte desagradecido, te permites desperdiciar todas las oportunidades de ser feliz, y no tienes lo que hace a uno ser humano: el coraje de amar. De decir y demostrar en cada momento que estás ahí, y que estás agradecido por poder compartir tu vida. De alegrarte, únicamente porque quien te ama está a tu lado.

Has aprendido a decir “te quiero” igual que se dice “mesa”, “coche” o “ordenador”. El mundo te permite sentir en tus propias carnes la felicidad más absoluta, y tú, cegado por la arrogancia que produce tenerlo todo al alcance, descuidas todo cuanto te rodea, y lo ignoras, lo subordinas, lo desprecias.

La razón por la que hay que regar una flor es porque, de no hacerlo, cuando esta haya marchitado, desearás la belleza que ya no volverá.

Apreciar todo el amor cuando lo recibimos…

Algo que nunca nadie nos enseñó. Algo que nunca aprenderemos a hacer.

Por Rubén Gutiérrez

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