Ruben Gutiérrez

El Peluche Amarillo

 

 

Era su mejor amigo. Al que le contaba cada noche, antes de dormir, pequeños relatos sobre sus días de niño. Pequeños relatos sobre las cosas que le hacían feliz, o le ponían triste. Le pedía suerte para el partido de mañana en el recreo. Le preguntaba cómo podía hacerse amigo de la niña que le gustaba. Le confesaba que se sentía muy mal por haberse enfadado con su hermana, y que la culpa había sido en realidad suya, y que mañana le pediría perdón sin falta.

Hablaban y hablaban sin parar, a veces bajo las sábanas, a veces frente a frente. También el peluche le contaba su día junto al resto de los juguetes. Se escuchaban, reían, disfrutaban juntos del calor del edredón. Se querían muchísimo. Aquel peluche era para el niño como uno más de la familia, como sus padres, su hermana, o su perro.

Era como él mismo. Como su mejor sonrisa, como su mejor tiro a portería, como su gesto o palabra más simpática, como su broma más divertida, como todo su amor.

Después, se dormían juntos, hasta que, poco después, su madre se lo retiraba con cuidado para que durmiera mejor y se lo ponía encima del cabezal de la cama.

Aquel tierno niño siempre imaginaba que su peluche amarillo se perdía. El peluche no se iría nunca, eso lo sabía, pero se solía preguntar, al borde del llanto, qué haría si sus padres lo tiraban por descuido a la basura. Él se imaginaba corriendo detrás de cualquier camión de basura que pasara por su casita de campo, o rebuscando en cualquier contenedor, o en cualquier vertedero.

Quería estar con él siempre, crecer junto a él, compartir con él cada día de su vida, incluso cuando se hiciera adulto. Cuánto le hubiera dolido que le separaran de él y no poderlo ver nunca más.

Luego, el niño creció. Y, aunque nunca dejaron de quererse, poco a poco se fueron alejando. Dejaron de verse cada noche, de contarse todo lo que habían hecho cada día y lo que les deparaba el siguiente. Dejaron de hablar, de hacerse confesiones, de pedirse consejos…

Y desde entonces, los problemas del niño comenzaron a hacerse grandes también.

Pobre niño.

No sabe que todo lo que le hace daño se arreglaría con solo volver a escuchar cada noche los consejos sencillos, dulces, sinceros y justos de su pequeño peluche.

 

Por Rubén Gutiérrez

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Manu Navarro

La avalancha

Solo buscaba un pedazo de normalidad en todo aquel caos, alguna migaja con la que conformarme, pero aquello no era posible, todo el desorden provocado por aquella avalancha había inundado mi secreto cubículo. No quedaba salvo aquel roído hueso, eso y nada más. Para llenarlo haría falta tiempo, el tiempo suficiente como para llenar un lago, el tiempo suficiente para completar el ciclo lunar. Estaba embriagado con una cantidad excesiva de información indeseable, ni si quiera el periodista más avispado podría separar tanta cantidad de información, porque esta amigos, es peligrosa. La avalancha, como la llamé aquel día, no era si no un cúmulo enorme de datos aún sin resolver y que nunca serán resueltos.

Me lastimaba perder el tiempo de aquella manera, pero pronto me di cuenta de que todo lo que ocurría era normal. Todo se repetía en aquellas personas a las que iba conociendo, primero te saludaban y luego a tus espaldas pegaban un resoplido. Ninguno quería mover el culo, solo hablar de aquella porquería, la avalancha, siempre la avalancha. Yo aún no me sentía preparado y evitaba el tema, así que entre aquellas personas y yo se extendía un largo silencio. En realidad era una huída, la mejor escapatoria posible, por eso el silencio era mi mejor amigo, no era para nada algo indeseable, como esos silencios de ascensor en los que uno se dedica a mirar el suelo. No, yo miraba fijamente a los ojos y transmitía aquella vibración de la que solo yo me sentía capaz de transmitir. Eran momentos de gloria, ganaba la batalla en un microsegundo, un microestado de bienestar me recorría el cuerpo, pero luego la avalancha volvía y me sacudía de nuevo, y de nuevo tormenta, porque después no había calma, solo vacío.

Por Manu Navarro

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Sara Gutiérrez

Como Hojas en Otoño

Las hojas caían con gracia, ni demasiado deprisa, ni demasiado despacio, en prefecta consonancia. Como si estuvieran programadas por el otoño para ofrecer un espectáculo que pocos se paraban realmente a admirar. El parque se vaciaba conforme las brisas del atardecer se hacían más frías. Pocos quedaban ya para contemplar el hermoso crepúsculo que brindaba la tarde. Qué nostalgia les invadía cuando miraban el atardecer, con las hojas atardecidas también. Entre ellos, sentado en un banco desgastado por el tiempo, se encontraba un anciano, más desgastado aún. Le gusta pasar las mañanas y las tardes allí sentado viendo jugar a los más pequeños y charlar a los más adultos. Mira pasar a los niños, que lo observan con curiosidad. Mira pasar a los mayores, que le dirigen miradas cálidas. Mira pasar a los jóvenes, que le sonríen con timidez y quizás algo de lástima. “No saben que yo seguiré aquí aún cuando ellos ya no estén.” Es el pensamiento que le viene siempre a la cabeza. Y es entonces cuando la pena le invade. Mira los árboles a ambos lados del camino, que esparcen algunas de sus hojas por el suelo. Verdes apagados, grises, rojos, naranjas, marrones, amarillos… Son los colores del otoño, y sus hojas lo llenan todo de vida antes de perecer. Las ironías de la vida. Él se siente como una hoja perenne. Incapaz de soltarse del árbol. Cómo le gustaría dejarse caer. Sentirse arrastrar por el viento lejos de su raíz. Caer en algún lugar bonito, donde el cielo fuera pintado por el verano, las hojas regadas por la primavera y el invierno coronara con nieve las montañas. Cómo desearía ser solo un espectador, un juguete del destino. Muchos desean la eternidad, pero él mejor que nadie, sabe que esta está llena de vacío, de sin sentido y soledad. Se acaba el otoño. Este al menos. Pero el año que viene volverá, con sus dos atardeceres y sus colores cálidos tan fríos. Él estará de nuevo en el desgastado banco, cada vez más desgastado, intentando pintar con colores alegres la gélida eternidad.

Por Sara Gutiérrez

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