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Regalo para el Alma Nómada

Todo resulta curiosamente extraño por la mañana temprano. La gente sucumbe dentro de sí misma en el metro a las ocho de la mañana. De una u otra manera, coexistimos sin convivir. No digo que no deba ser así, simplemente me resulta extraño, y digo extraño, estar rodeado de gente y no sentirme observado. Es una sensación postmoderna. Realmente no podemos escapar a ella, somos hijos de la postmodernidad, nos regocijamos en su lecho sin saberlo, nos envuelve y nos rodea aunque no lo busquemos. ¿Buscar? Búsqueda. Reflexión. Solo pensarlo es mirar a la postmodernidad a los ojos, embriagarte con tu condición, mamar de la madre.

Y es entonces cuando el vagón tiembla en una curva, y vuelves a estar ahí, y descubres que tú mismo te estás ahogando en tu soledad escondida, en tu compañía fingida. Me sentí culpable. Retiré los auriculares de mis oídos y perdí poco a poco los ecos de la voz de Leonard Cohen, que un segundo antes me susurraban lo que todo el mundo sabe. Cerré el libro que estaba leyendo y sepulté las reflexiones que Valle-Inclán escribió furioso disfrazándolas de esperpénticas escenas urbanas. Me levanté decidido y recé en mi interior para que Leonard Cohen tuviera razón. Me acerqué a ella y la besé. Fue eterno.

Por Alexis DeLargo

 

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