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Viaje Interinsular


En aquel vuelo interinsular de media hora, tiempo justo para pensar en lo mínimo, me imaginé la historia de Mateo, un tipo que vuela en un pequeño avión, el tipo no  para de echarle miraditas a la azafata, le parece digna de admiración en aquella media hora que dura el viaje, la azafata le entrega unos maníses y un vaso de agua, luego le da una servilletita con olor a limón, está compuesta de un tejido muy extraño, con ella Mateo se limpia las manos y al olerlas  imagina  la ficticia relación que mantuvo  durante cinco años con ella , recuerda los planes de futuro, los países visitados, las discusiones por  largas ausencias,  las noches en hoteles de oferta y el vestido azul que tanto le agrada.

Cuando la azafata se acerca para recoger la servilletita con olor a limón, Mateo niega rotundamente entregarla, incluso su compañero de butaca echa una amenazante mirada, la azafata sorprendida por el acontecimiento sigue recogiendo  servilletas de los demás viajeros. Mateo se baja del avión con la servilletita en el bolsillo, a los meses el olor a limón se ha evaporado.

La azafata pasó a mi lado para recoger la servilletita con olor a limón en aquel vuelo interinsular de media hora en el que tuve el tiempo justo para pensar lo mínimo, la miré y ella me miró, y  en sus ojos Mateo me vio a mí, pero el olor de mi servilleta duro una vida.

Por Manu Navarro.

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Fragmentos (l)

Me había iniciado en aquel viaje de una manera totalmente ilusoria para convertirse en una realidad, todo lo que antes había leído, todo lo que antes me habían contado, todo lo que antes había fumado y escuchado, comenzó a tomar forma. Algo empujaba de mi pecho, era un juego, un tira y afloja que me sacudía repentinamente. Era el mejor baile que había danzado, la borrachera más peleona, los pasos más agigantados que había dado desde hacía mucho, mucho tiempo. Mis demonios comenzaban a irse, mi culpa se iba diluyendo en lo más profundo de mi ser, estaba empezando a existir. Era una bala acabada de explosionar, directa, precisa, enérgica, una bala que no conoce su final.

 

Por Manu Navarro.

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