Ruben Gutiérrez

La Llamada

Un mensaje que se extiende de boca en boca. Una idea que se propaga día a día. Una revolución que germina.

Un viejo paradigma que no termina de marcharse. Un nuevo paradigma que no termina de llegar. Un universo que se reordena.

Un maestro que habla. Un alumno que es la consciencia escuchándose a sí misma. Un propósito superior manifestado a través de la vida.

Una labor de autoayuda individual y colectiva. Una espiritualidad socialmente comprometida. Una misión.

Unas Palabras portadoras de la energía del cambio. Un cambio que es y está en el Ahora. Un Ahora que nos llama.

 

Una Llamada.

Una Llamada interior.

 

Por Rubén Gutiérrez

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Ruben Gutiérrez

La canción

Últimos instantes de pensar, de meditar. Lo justo para entender que la vida es un vuelo, un vuelo durante el cual uno no puede detenerse a juzgar ni planificar, que detenerse ahora significa caer. Un sentimiento de liberación te recorre por dentro. Aparta tus gafas para ver mejor. Contempla el mundo tal y como es. ¿Límites a la vista? Los que tu mente quiera imaginar. Tú has sido, eres y serás siempre el responsable de tí mismo.

Últimos instantes de pensar. De recordarte qué es eso de lo que huyes: de un destino, de un futuro que te produce pánico; de acabar, sin saber cómo ni porqué, en una casa cuyas paredes te devoran, de una vida autoimpuesta… de caer en el abismo. Se acabó. Desde ahora, solo vivir.

Ve, corre, y busca esa canción que te devolverá la energía que estás necesitando. Escucha cómo empieza a sonar. Siente como poco a poco esa fuerza te recorre por dentro, llenándote, como si hasta entonces hubieras sido solo un envoltorio vacío, un cuerpo al que le insuflan vida. Ahora, mientras vuelves a sentirte vivo, aprieta tu puño con fuerza. Estás conectado a tu Fuente: recárgate, disfruta intensamente. Y mantén tu puño cerrado. A él quedará ligado esa sensación.

Prométete que cuando te sientas perdido, cerrarás los ojos, apretarás tu puño, y en tu cabeza sonará esa canción, que te hará revivir, volver a alzar el vuelo.

Asume que envejecer solo es cuestión de decisión, así como vivir o morir.

Proponte que tras el punto y final de este texto, serás tú quien escriba el punto y comienzo diferente de tu vida.

Ahora… “escapa, que la vida se acaba, que los sueños se gastan, los minutos se marchan. Salta, que la calma te abraza, los momentos se pasan, y se te rompe el alma.”

Por Rubén Gutiérrez

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Ruben Gutiérrez

La flor en la trinchera: ‘La Ecoaldea’

 

Como magma ardiente aguardando en el interior de un volcán, esperando a ser expulsada al exterior, una ilusión había permanecido dentro de nosotros, y ahora, tras mucho tiempo esperando, parecía encontrarse en plena erupción, expandiéndose como luz en una habitación oscura, creando la esperanza que crea una flor entre los adoquines, como en una trinchera. Resistiendo, llenándolo todo de esperanza.

Nada había sido nunca fácil. La realidad no era amable, ni bonita. Sin embargo, cada vez había ido sonando dentro de nosotros con más fuerza una voz que nos decía: “Dame la mano y vamos a darle la vuelta al mundo… darle la vuelta al mundo… darle la vuelta al mundo…”. Ahora, ante nuestros ojos, como el negativo de una fotografía, el mundo seguía siendo el mismo, pero se veía distinto, más hermoso.

La vida que hasta entonces habíamos conocido: fría, fragmentada, alienante…, comenzaba a cubrirse de un manto de hierba verde que crecía por todos los rincones, como si toda esa ilusión interior estuviese desplegándose y manifestándose físicamente, encarnándose en miles de personas que, con sus manos, desdoblaban una gigantesca alfombra con la que se proponían tapizar el mundo entero. Una alfombra llena de huertos, de energías limpias, de permacultura y bioconstrucciones, de buenas gentes compartiendo, de armonía con la naturaleza y con nosotros mismos.

Era como si hubiéramos ido desenmascarando al mundo. La esencia de las cosas, que antes descansaba, imperceptible, bajo el nivel de las apariencias físicas y de las formas separadas, ahora se hallaba claramente conectada y unificada como un todo. El reto estaba en despensar completamente esa representación mental anterior que nos habíamos hecho del mundo. Dejar de identificar todas las etiquetas, imágenes, prejuicios y definiciones, con nuestra propia existencia e identidad. Dejar incluso de pensar en ello, y empezar a sentirlo, a experimentar la unidad con todo lo existente… Ser con todo lo que Es. El reto era no permitir que toda esa polución de las ciudades opacara esa lente nuestra que trataba de proyectar, por todos los medios, toda nuestra luz al exterior.

Ilusión y esperanza, en grandes dosis, en definitiva, habían acabado por tejer una alfombra que se desplegaba por cada vez más sitios, coloreando un nuevo mundo que parecía ir despertando y recuperando conciencia de sí mismo. El gran Cambio ya había tomado forma. Y se estaba materializando en un proyecto muy concreto: La Ecoaldea.

“Queríamos cambio verdadero, y caminamos distinto”. Lo que nos parecía imposible ayer, y hoy, si nos esforzábamos, de repente era posible al menos en un futuro no muy lejano. Solo había que caminar, “caminar distinto”, por la senda de la coherencia.

Emergerían nuevas claves de análisis, nuevas definiciones que romperían los condicionamientos mentales, nuevos indicadores, nuevas prioridades… Quizás se desarrollarían proyectos de investigación, teorías, libros, que llevarían también hasta el mundo académico este cada vez más posible nuevo mundo…

Así, nuestra ilusión y esperanza solo podían seguir creciendo y propagándose.

Soñábamos con darle la vuelta al mundo.

Y ya nada podría pararnos: Somos la flor en la trinchera.

 

Por Rubén Gutiérrez

 

decrecimiento

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Ruben Gutiérrez

El Peluche Amarillo

 

 

Era su mejor amigo. Al que le contaba cada noche, antes de dormir, pequeños relatos sobre sus días de niño. Pequeños relatos sobre las cosas que le hacían feliz, o le ponían triste. Le pedía suerte para el partido de mañana en el recreo. Le preguntaba cómo podía hacerse amigo de la niña que le gustaba. Le confesaba que se sentía muy mal por haberse enfadado con su hermana, y que la culpa había sido en realidad suya, y que mañana le pediría perdón sin falta.

Hablaban y hablaban sin parar, a veces bajo las sábanas, a veces frente a frente. También el peluche le contaba su día junto al resto de los juguetes. Se escuchaban, reían, disfrutaban juntos del calor del edredón. Se querían muchísimo. Aquel peluche era para el niño como uno más de la familia, como sus padres, su hermana, o su perro.

Era como él mismo. Como su mejor sonrisa, como su mejor tiro a portería, como su gesto o palabra más simpática, como su broma más divertida, como todo su amor.

Después, se dormían juntos, hasta que, poco después, su madre se lo retiraba con cuidado para que durmiera mejor y se lo ponía encima del cabezal de la cama.

Aquel tierno niño siempre imaginaba que su peluche amarillo se perdía. El peluche no se iría nunca, eso lo sabía, pero se solía preguntar, al borde del llanto, qué haría si sus padres lo tiraban por descuido a la basura. Él se imaginaba corriendo detrás de cualquier camión de basura que pasara por su casita de campo, o rebuscando en cualquier contenedor, o en cualquier vertedero.

Quería estar con él siempre, crecer junto a él, compartir con él cada día de su vida, incluso cuando se hiciera adulto. Cuánto le hubiera dolido que le separaran de él y no poderlo ver nunca más.

Luego, el niño creció. Y, aunque nunca dejaron de quererse, poco a poco se fueron alejando. Dejaron de verse cada noche, de contarse todo lo que habían hecho cada día y lo que les deparaba el siguiente. Dejaron de hablar, de hacerse confesiones, de pedirse consejos…

Y desde entonces, los problemas del niño comenzaron a hacerse grandes también.

Pobre niño.

No sabe que todo lo que le hace daño se arreglaría con solo volver a escuchar cada noche los consejos sencillos, dulces, sinceros y justos de su pequeño peluche.

 

Por Rubén Gutiérrez

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Manu Navarro

La avalancha

Solo buscaba un pedazo de normalidad en todo aquel caos, alguna migaja con la que conformarme, pero aquello no era posible, todo el desorden provocado por aquella avalancha había inundado mi secreto cubículo. No quedaba salvo aquel roído hueso, eso y nada más. Para llenarlo haría falta tiempo, el tiempo suficiente como para llenar un lago, el tiempo suficiente para completar el ciclo lunar. Estaba embriagado con una cantidad excesiva de información indeseable, ni si quiera el periodista más avispado podría separar tanta cantidad de información, porque esta amigos, es peligrosa. La avalancha, como la llamé aquel día, no era si no un cúmulo enorme de datos aún sin resolver y que nunca serán resueltos.

Me lastimaba perder el tiempo de aquella manera, pero pronto me di cuenta de que todo lo que ocurría era normal. Todo se repetía en aquellas personas a las que iba conociendo, primero te saludaban y luego a tus espaldas pegaban un resoplido. Ninguno quería mover el culo, solo hablar de aquella porquería, la avalancha, siempre la avalancha. Yo aún no me sentía preparado y evitaba el tema, así que entre aquellas personas y yo se extendía un largo silencio. En realidad era una huída, la mejor escapatoria posible, por eso el silencio era mi mejor amigo, no era para nada algo indeseable, como esos silencios de ascensor en los que uno se dedica a mirar el suelo. No, yo miraba fijamente a los ojos y transmitía aquella vibración de la que solo yo me sentía capaz de transmitir. Eran momentos de gloria, ganaba la batalla en un microsegundo, un microestado de bienestar me recorría el cuerpo, pero luego la avalancha volvía y me sacudía de nuevo, y de nuevo tormenta, porque después no había calma, solo vacío.

Por Manu Navarro

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Ruben Gutiérrez

Las flores que dejamos de regar

Estúpido imbécil. Yo, que he podido permitírtelo, también me he lamentado en infinidad de ocasiones. He lloriqueado. Pataleado. Clamado al cielo. Creyendo que mis pequeños contratiempos de caprichoso acomodado eran enormes problemas irresolubles.

Siempre me quedo atrapado en el detalle. En lo insignificante. En lo más irrelevante. Me fijo solo en los árboles, y cuando intento ver el bosque, ya es demasiado tarde. Maldito idiota.

En un mundo en el que hay quien, sin aún haber nacido, tiene determinado su futuro: una vida de pena, tristeza y rechazo. Todo porque cuando aún era un feto en la barriga de su madre, la radioactividad de una central nuclear cercana le causó múltiples malformaciones que le negaron la posibilidad de una vida como la tuya o la mía.

En el que millones de personas viven alejadas de sus familias, de sus parejas, de sus amigos, en la soledad forzada. Personas sin la posibilidad de coger de la mano a quien aman, decirle que le quieren, y pasear por la calle juntos. Obligados por las circunstancias a intentar sobrevivir, solos, lejos, con la única esperanza de que vuelva a llegar pronto el día en que, tras conseguir algo de comer, sobren algunas monedas para llamar desde la cabina y escuchar, en la distancia, la voz melancólica de la persona a la que se desearían tener al lado. Verdadero sufrimiento.

Hipócrita, imbécil inconsciente. En un mundo lleno de historias de amargura, de vidas fragmentadas, de corazones rotos, tú, cabrón con suerte desagradecido, te permites desperdiciar todas las oportunidades de ser feliz, y no tienes lo que hace a uno ser humano: el coraje de amar. De decir y demostrar en cada momento que estás ahí, y que estás agradecido por poder compartir tu vida. De alegrarte, únicamente porque quien te ama está a tu lado.

Has aprendido a decir “te quiero” igual que se dice “mesa”, “coche” o “ordenador”. El mundo te permite sentir en tus propias carnes la felicidad más absoluta, y tú, cegado por la arrogancia que produce tenerlo todo al alcance, descuidas todo cuanto te rodea, y lo ignoras, lo subordinas, lo desprecias.

La razón por la que hay que regar una flor es porque, de no hacerlo, cuando esta haya marchitado, desearás la belleza que ya no volverá.

Apreciar todo el amor cuando lo recibimos…

Algo que nunca nadie nos enseñó. Algo que nunca aprenderemos a hacer.

Por Rubén Gutiérrez

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