Ruben Gutiérrez

La flor en la trinchera: ‘La Ecoaldea’

 

Como magma ardiente aguardando en el interior de un volcán, esperando a ser expulsada al exterior, una ilusión había permanecido dentro de nosotros, y ahora, tras mucho tiempo esperando, parecía encontrarse en plena erupción, expandiéndose como luz en una habitación oscura, creando la esperanza que crea una flor entre los adoquines, como en una trinchera. Resistiendo, llenándolo todo de esperanza.

Nada había sido nunca fácil. La realidad no era amable, ni bonita. Sin embargo, cada vez había ido sonando dentro de nosotros con más fuerza una voz que nos decía: “Dame la mano y vamos a darle la vuelta al mundo… darle la vuelta al mundo… darle la vuelta al mundo…”. Ahora, ante nuestros ojos, como el negativo de una fotografía, el mundo seguía siendo el mismo, pero se veía distinto, más hermoso.

La vida que hasta entonces habíamos conocido: fría, fragmentada, alienante…, comenzaba a cubrirse de un manto de hierba verde que crecía por todos los rincones, como si toda esa ilusión interior estuviese desplegándose y manifestándose físicamente, encarnándose en miles de personas que, con sus manos, desdoblaban una gigantesca alfombra con la que se proponían tapizar el mundo entero. Una alfombra llena de huertos, de energías limpias, de permacultura y bioconstrucciones, de buenas gentes compartiendo, de armonía con la naturaleza y con nosotros mismos.

Era como si hubiéramos ido desenmascarando al mundo. La esencia de las cosas, que antes descansaba, imperceptible, bajo el nivel de las apariencias físicas y de las formas separadas, ahora se hallaba claramente conectada y unificada como un todo. El reto estaba en despensar completamente esa representación mental anterior que nos habíamos hecho del mundo. Dejar de identificar todas las etiquetas, imágenes, prejuicios y definiciones, con nuestra propia existencia e identidad. Dejar incluso de pensar en ello, y empezar a sentirlo, a experimentar la unidad con todo lo existente… Ser con todo lo que Es. El reto era no permitir que toda esa polución de las ciudades opacara esa lente nuestra que trataba de proyectar, por todos los medios, toda nuestra luz al exterior.

Ilusión y esperanza, en grandes dosis, en definitiva, habían acabado por tejer una alfombra que se desplegaba por cada vez más sitios, coloreando un nuevo mundo que parecía ir despertando y recuperando conciencia de sí mismo. El gran Cambio ya había tomado forma. Y se estaba materializando en un proyecto muy concreto: La Ecoaldea.

“Queríamos cambio verdadero, y caminamos distinto”. Lo que nos parecía imposible ayer, y hoy, si nos esforzábamos, de repente era posible al menos en un futuro no muy lejano. Solo había que caminar, “caminar distinto”, por la senda de la coherencia.

Emergerían nuevas claves de análisis, nuevas definiciones que romperían los condicionamientos mentales, nuevos indicadores, nuevas prioridades… Quizás se desarrollarían proyectos de investigación, teorías, libros, que llevarían también hasta el mundo académico este cada vez más posible nuevo mundo…

Así, nuestra ilusión y esperanza solo podían seguir creciendo y propagándose.

Soñábamos con darle la vuelta al mundo.

Y ya nada podría pararnos: Somos la flor en la trinchera.

 

Por Rubén Gutiérrez

 

decrecimiento

Anuncios
Estándar
Ruben Gutiérrez

Silencio

La melodía que floreció para hacer más bello el mundo. Las palabras que sirvieron para ponérnoslas en los pies y caminar hacia la verdad. El viento que nos limpió el alma. La fotografía que captó el viento, las palabras y la melodía. La sonrisa que valió más que mil palabras. Las mil palabras que se llevó el viento. El viento que sonó a melodía. La melodía que quería sonar a silencio. El silencio que sonaba a sonrisa. La sonrisa de la fotografía que estaba en silencio. El silencio de la fotografía que estaba sonriendo.

Y así, en todo lugar, en todo momento, lo decimos y lo pensamos, cuando no decimos ni pensamos nada. La gran evidencia que pasó desapercibida. La gran verdad que fue ignorada. La gran cima que todo y todos tratan de alcanzar, la montaña sagrada. La montaña que guarda sabias melodías, armoniosas palabras, energías, espíritus y dioses ancestrales. En donde los más fuertes y estruendosos vientos sirven para sentir eso hacia lo que todo tiende: la esencia, lo indescriptible, lo más profundo, el silencio.

Ya estás arriba. En el nexo entre la tierra y el cielo, en lo más alto.

Ahora, solo siente como te elevas, siente como te expandes.

Ahora solo respira el momento.

 

montagna_de_tindaya - copia

 

Por Rubén Gutiérrez

Estándar
Opinión

De los Principios de J. S. Mill a la bala de Calle 13

Decenas de muertos en un bombardeo contra una panadería en Siria; diez niñas mueren al explotar una mina en Afganistán; Francia estudia una intervención militar en Malí; la Asociación estadounidense del Rifle pide, tras la masacre de la escuela infantil de Connecticut, combatir las armas con más armas

Éstos no son solamente algunos de los titulares de El País de esta semana. Es también la realidad.

Decía Calle 13 que cuando se lee poco, se dispara mucho. Quienes disparan, entonces, lo hacen porque no leen o leen poco. En ese caso, quienes sí leen… ¿dónde están? ¿y por qué permiten, tanto la violencia física de los disparos, como otras formas de violencia apenas perceptibles, pero que existen, como es la violencia estructural del mercado del sistema capitalista, que constantemente nos acosa y que también termina con tantas vidas? Es cierto. Cuando se lee poco, se dispara mucho. Sugiero entonces que leamos.

De las muchas lecturas que ahora mismo se me vienen a la cabeza a raíz de esto, una de las que quizás pueda ser más interesantes, es la de John Stuart Mill. Probablemente todos debiéramos leerlo, sí. La filosofía social es, esencialmente eso, social.

Mill nos dice que “cualquiera que sea la teoría que adoptemos sobre el fundamento de la unión social, y sean cualesquiera las instituciones bajo las cuales vivamos, hay alrededor de cada ser humano considerado individualmente un círculo en el que no debe permitirse que penetre ningún gobierno, sea de una persona, de unas cuantas o de muchas “. Mill afirma que cada individuo debe tener un “territorio reservado”, un “espacio que debe ser sagrado para toda intrusión autoritaria”. Dice, en definitiva, que “a todos debe estar permitido […] afirmar y divulgar, con toda la fuerza de que son capaces, su opinión sobre lo que es bueno o malo, admirable o depreciable, pero sin obligar a los demás a aceptar esa opinión”.

Esta reflexión la hizo un intelectual que nunca supo si era socialista o liberal, pero que no por ello renunció a plantearse hasta qué punto debía permitirse la intervención estatal o, en su defecto, el principio del laisser-faire.

Por otra parte, es cierto… Su obra, Principios de economía política con algunas aplicaciones a la filosofía social, por lo general, no suele caer en manos de cualquiera, sino más bien de gente especializada en el tema. Y quizás, solo quizás, por ello debiéramos comprender que aún haya quien no tenga interiorizado todo esto que J. S. Mill enuncia. Porque al margen dejamos el hecho de que esta reflexión se hiciera ya en el siglo XIX, lo que lleva a pensar que si hoy en día hay quien todavía cuestiona la conveniencia de que exista ese “territorio reservado”, esto es, de que cada individuo pueda elegir por sí mismo contraer un matrimonio con alguien de su mismo sexo, o si abortar o no, o si creer en una, en otra o en ninguna religión, etc., es porque todavía hay quien tiene una mentalidad que está atrasada más de doscientos años…

En todo caso, si bien es cierto que no todos tienen acceso a lecturas como ésta, con cierta complejidad, o, si se tiene acceso, muchas veces no se hace uso de ellas, no podemos decir que ocurra lo mismo con un periódico. O con un telediario. O, en última instancia, con el lenguaje mismo que hablamos (o que nos habla).

Volviendo a lo de los titulares de El País, también aparece entre los titulares de esta semana que Rajoy exalta la guerra asegurando que “si todos trabajásemos como nuestros militares”, que llevan más de una década luchando contra los talibanes, las cosas irían mejor; o que los más expertos del país en educación ya empiezan a pedir a los padres que sus hijos “aparquen el amor” y se centren en el trabajo; o, de forma sorprende (o no tanto a estas alturas), que Hollande dice a los “exiliados fiscales” que si aman a Francia, la sirvan… ¿Si todos trabajásemos como nuestros militares? ¿Que los hijos vayan aparcando el amor y centrándose en el trabajo? Y… ¿”exiliados fiscales”? No, si ahora va a resultar que la culpa de que las grandes fortunas francesas prefieran tributar en otro estado la tiene el gobierno francés, por eso se exilian y Hollande tiene que suplicarles que “sirvan a su país” y no a otro, despejando definitivamente cualquier duda sobre quién tiene realmente la capacidad de decidir y quién manda sobre quién.

Y así, no a través de grandes obras de pensadores, sino de periódicos y telediarios, se va logrando difundir un sentido común no solo entre la gente que no lee, sino también entre la gente que lee y que, precisamente porque lo hace, cree conocer. Sin darse cuenta de que lo primero que debieran conocer, es precisamente cómo conocen.

Hay quien, por no haberlo leído, no entiende aun porqué debe existir ese “territorio reservado”, ese “círculo alrededor de cada individuo” del que Mill, ya en el siglo XIX, hablaba. También hay quien ha leído tantas veces que hay daños colaterales, en vez de asesinados, o que hay exiliados fiscales, en vez de ricachones evasores de impuestos, que ya no le causa molestia que se asesine o que los ricos no contribuyan a las arcas públicas.

Cuando se lee poco, se dispara mucho, sí. Pero cuando se lee, incluso cuando se lee mucho, si se lee mal, se tienen además las justificaciones para que se dispare mucho. O para que se evadan  impuestos.

Y no me atrevería a decir quién es más responsable que quién.

Por Rubén Gutiérrez

Estándar